"The decision to relax rather than to grip even in the face of impatience or fear is a conscious and brave choice" B.K.S. Iyengar

jueves, 21 de octubre de 2010

La Verdadera Seguridad - Por Mabel Lavitman


“Si el Señor no edifica la casa, en vano se fatigan los que la fabrican. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela.”
Salmo 127
Existe hoy en día un concepto muy equivocado y generalizado acerca del cultivo de nuestra vida espiritual. Se piensa que ella nos “evade” del mundo circundante donde están todas nuestras necesidades materiales, sin brindarnos solución a nuestros problemas. Ansiosos como estamos cuidando nuestro presente y previendo nuestro futuro (¡qué no me falte nada!, ¡qué no les falte nada a los míos!), vivimos desesperados por conseguir seguridad, mas, en el corazón de todos, aún de los más “afortunados”, siempre continúa latiendo un sentimiento de desamparo y de carencia. Así y todo, la mayoría de la gente se resiste a ver, a buscar, a explicarse, la verdadera causa del problema.
Dice el título del Salmo que transcribí:
“Toda prosperidad viene de la bendición de Dios”.
Cuando sólo tenemos ojos para ver lo circunstancial, cuando descuidamos la presencia del Ser Eterno en cada uno de nosotros, cuando no sabemos dónde poner la fe y la energía que Dios nos dio, nos sentiremos, en uno u otro aspecto, inevitablemente miserables. Y así, desconociendo nuestra herencia divina y la dimensión que podríamos tener despertando nuestra conciencia espiritual (dimensión en cuanto sabiduría, discernimiento), vivimos como el famoso mendigo que se olvidó que era príncipe, y deambulaba en los dominios del Rey, su propio padre, pidiendo la magra limosna de un pan duro, cuando eran suyos todos los manjares del mundo.
Entonces, es bueno y saludable que, haciendo un alto en nuestro camino, nos preguntemos:
¿Estoy actuando correctamente? ¿Estoy sintiendo correctamente? Si analizamos detenidamente las cosas (situaciones, etcétera), en las que basamos nuestra seguridad,veremos que ellas están sujetas a infinitos vaivenes, y que, a la larga o a la corta, son como terreno fangoso en el cual intentamos hacer pié. Ahorros, riquezas varias, éxitos, cargos importantes, pueden desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, cuando menos lo esperemos, y bien sabemos que una pequeña circunstancia no prevista muchas veces modificó todo nuestro “futuro planificado” que nos hacía sentir “seguros”.
Entonces... ante tal situación, ¿qué actitud tomar?
Dicen los grandes maestros que tuvo la humanidad, que los momentos de crisis, cuando perdemos pié en todo lo que considerábamos seguro, son los más adecuados para la transformación interior. Si sabemos utilizarlos, son ellos la gran oportunidad para despertar a una realidad superior. Es el momento de abrir bien grandes los ojos y los oídos para aprender a vivir, ya sea bebiendo la inmortal sabiduría a través de los libros o, mejor aún, a través de las enseñanzas de un Maestro, un guía, un instructor que, por su sincero camino recorrido en el Amor a Dios y a sus hermanos del mundo, esté en condiciones de orientarnos.
Y uno puede aprender muchas cosas. Por ejemplo: que nuestra actitud egoísta es como un gran imán, que atrae a todos los males, y que, inversamente, una actitud de amor y entrega, redunda en el bien de todos. Si pudiéramos siquiera tener un poco de esa sublime Fe en Dios, como Nuestro Padre y en Su Amor Infinito hacia todos, dejaríamos seguramente de sobreprotegernos y todo nuestro destino se modificaría.
Dice una antigua enseñanza oriental:
“De lo que des, tendrás en abundancia, de lo que acumules, carecerás”.
Podríamos aprender también que la Fe no nace de buenas a primeras, sino que se cultiva, igual que una tierna plantita, paciente y cuidadosamente. El terreno en el que se asienta es nuestro propio corazón, y allí es donde hay que realizar la gran metamorfosis, como la sintetizara tan maravillosamente San Francisco de Asís en su Simple Oración:

“Allí donde haya odio, que yo ponga el amor, allí donde haya ofensa, que ponga yo el perdón, allí donde haya discordia, que ponga yo la unión, allí donde haya duda, que ponga yo la Fe...”
y finalizaba así:

“¡Oh Divino Maestro!, que yo no busque tanto ser consolado, como consolar, ser comprendido, como comprender, ser amado, como amar.
Porque es dando como uno recibe, es olvidándose como uno se encuentra, es perdonando como uno es perdonado, y es muriendo
(1) como uno resucita a la Vida Eterna”.

(1) Muriendo significa desterrando de nuestra alma el pequeño ego que sólo piensa en sí mismo. Esa es la gran purificación. Ese es el terreno propicio para el nacimiento de la Fe más honda y la felicidad más duradera. ¿No quieres probarlo en ti mismo?

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